Vidas por Cicco
El rey de los raros
Juan-Jacobo Bajarlía, que escribió sobre demonios y hombres lobo, decía que Jack el Destripador había muerto en Buenos Aires.
Seguro, si vive en Capital, pasó por la casa. Y seguro que, como tantas otras cosas que usted ve en la Capital, no la vio. O no le prestó atención. O, en fin, no voy a meterme en su vida. El asunto es que la casa sigue en pie, intacta, tal como, se dice, sucedió la historia fantasmagórica que leerá más abajo. La casa tiene una palmera combada en la entrada, como un gigantesco anzuelo. Enmarcada en los edificios vecinos, parece un recorte de otra ciudad, de otro tiempo. Ahora funciona un instituto socialista y una biblioteca. Pero lo cierto es que tuvo sus puertas cerradas por más de sesenta años. Y lo bien que hicieron en cerrarla. Y lo mal que hicieron en atreverse a reabrirla.
Lo llamativo es que una casa así, tan antigua –y gris, a tono con la historia-, con una palmera tan grande, esté a dos cuadras de la avenida Rivadavia y casi a tiro del Congreso de la Nación, sin que nadie jamás de los jamases se atreviera a reformar su fachada o a trepar a esa palmera e hincarle el hacha. Para no dar más suspenso innecesario, aquí tiene la dirección: Riobamba 144.
Cuando Federico Andahazi escribía su segunda novela, un delirio gótico alucinante llamado Las piadosas, un hombrecito de anteojos de mosca, petiso y tan calvo que parecía llevar siempre casco, le contó cómo esa casa de nueve habitaciones fue escenario de una historia macabra. Heredada de la madre viuda, seis hijos convivieron allí hasta que una rivalidad de los hombres con la única mujer de la casa, Elisa, religiosa y devota, desencadenó una tragedia. “Ella rezaba su rosario todas las noches, ¿entendés?, y los hermanos, exitosos ellos, se burlaban de su fe”, contaba aquel hombrecito a Andahazi, amante de relatos truculentos, sexuales y retorcidos cual árbol leñoso. “Hasta que, uno tras otro, los hermanos empezaron a morir. Y Elisa, después que cada uno se moría, cerraba su habitación, hasta que quedó sola, ¿entendés?”. Una vez que también murió Elisa, a quien le adjudicaban haber envenenado a sus hermanos, los vecinos juran, aún hoy, que la casa sigue por las almas en pena de esos hombres que piden misericordia y castigo.
El hombrecito de anteojos de mosca era el escritor Juan-Jacobo Bajarlía, y si lo conocías, tal vez ese mismo primer día, te contaba aquella historia -u otra- en el mismo tono de incesto, maldiciones y homicidio, la tríada que a él más lo divertía. El relato de la casa de Riobamba se lo narró a Andahazi, y Andahazi, cuando lo entrevisté por la salida de Las piadosas, me presentó a Bajarlía, a quien llamaba maestro. Desde ese encuentro, con Bajarlía fuimos colegas y amigos el tiempo que duró el resto su vida.
No sabía, para serle franco, nada de él: no tenía ni idea que había rescatado al gran literato Antonio Di Benedetto de un posible fusilamiento, no sabía que Bajarlía, en sus tiempos de profesor, había noviado con Alejandra Pizarnik, nuestra poetisa dark por excelencia, y menos aún conocía su hipótesis number one: Jack el Destripador, juraba Juan, había muerto en Argentina. Y no era joda. Él había dado con su nombre y apellido y sabía cómo recaló en el país y se ganaba la vida en Buenos Aires, trabajando si mal no recuerdo en la Bolsa de Comercio. Todo esto, para aquel entonces –y bueno, ahora también- parecía un delirio. ¿Jack en Argentina? ¿Un novio de Pizarnik cuando todo el mundo sabía que a ella le gustaban las chicas? ¿Bajarlía desde Buenos Aires rescató a di Benedetto, el genial autor de Zama, de una prisión en Mendoza en plena dictadura? La pucha. Era demasiado. Demasiado, digámoslo así, para una sola persona. Excepto, claro, que esa persona fuera Bajarlía, el escritor más inclasificable de la Argentina. Un Ed Wood literario que escribió novelas sobre demonios y hombres lobos. Un tipo formado y culto, de familia de alta alcurnia venida a menos –él confesaba que hasta vendió medias de chico para ayudar-, que se tomaba en serio temas que nadie se tomaba en serio. Y escribió libros sobre Bram Stoker, el autor de Drácula, y sobre H.P. Lovecraft, sus dos grandes amores, y tradujo y compiló poemas eróticos más pornos que el porno.
Nos vimos con Juan muchas veces. En la mayoría de las ocasiones, él me llamaba a mi directo en la revista Noticias, donde editaba yo la sección Cultura. Imagino que a él le venía bien un amigo en una revista conocida. A mí me venía bien, por otra parte, un amigo sabio. “Hola, Emilio, ¿sos vos?”. La voz de Juan era la más rara que escuché en mi vida. Como si un alienígena se la pasara fumando pipa. “Soy Juan, ¿entendés?”. Sabía quién era apenas escuchaba su primera palabra, o el soplo de su voz en el tubo. Y sabía, cada vez que llamaba, que Juan quería que lo visite.
Como todo hombre en el cierre de su vida, Bajarlía necesitaba testigos. Necesitaba confidentes. Así que ahí iba yo y desandaba la distancia que hay entre Chacabuco y Diagonal Sur, donde estaba la revista, hasta el Obelisco, donde Bajarlía tenía su oficina de siempre. El estudio de abogados –era criminalista-, donde ejerció hasta ya pasada la edad de jubilarse. El estudio estaba un poco vacío. Otro poco abandonado. Ignoro si, por aquel entonces, tenía clientes. Lo que sí tenía eran libros apilados. Algunos de derecho. Otros, los más, novelas que juntaban polvo. A Bajarlía lo apasionaba lo paranormal, el horror y las animaladas –tenía ensayos desde el vampirisimo hasta el sadomasoquismo, desde una introducción a la vanguardia hasta poemas robots-. Y también, claro, la poesía mística y volada. Un día me mostró unas hojas mecanografiadas: eran sus últimos poemas, se llamaban Nadie te ha visto, Satanás.
Hace poco leí un perfil escrito por un poeta chileno, Hugo Vega Miranda, donde justamente recordaba una anécdota de Bajarlía y esa oficina vacía en ese edificio viejo. “Ché, Hugo, vos sabés que los tipos no llegan por mi aspecto y el aspecto de la oficina, ¿entendés?, pero acá yo piola, así tengo más tiempo para leer y para entregar mis crónicas para Playboy”, me decía. Y era verdad, escribía para Playboy. Entre tetas, culos y Hugh Hefner, metía sus crónicas de viejas meretrices y asesinos seriales.
Las primeras veces lo pasaba a buscar a Juan por el estudio. Luego, instalada la rutina, nos encontrábamos en un café de gallegos a media cuadra, siempre frente al Obelisco. En esas charlas de café, con tiempo robado a mi revista, Bajarlía me fue contando su historia. O, lo que es aún mejor, las historias que lo rodeaban. Su desfile de monstruos. Después me enteré que Juan había recibido premios copados: la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1962), el de la Ellery Queen’s Mystery Magazine (1964), el Konex de Platino (1984) y el premio Boris Vian (1996). Había escrito de todo: obras de teatro, poemas, ensayos. Había traducido hasta al Marqués de Sade, uno de sus baluartes. Y había nacido el mismo año que Cortázar: 1914. A Julio le hubiera divertido conocerlo.
Una tarde, café de por medio, Juan me contó su hipótesis de que Jack el Destripador era argentino y había muerto en la calle Leandro N. Alem a los 75 años. Lo decía serio y con data. Todo eso era fruto de una investigación propia mientras paseaba por Londres. Juan había dado con un libro, supuestamente escrito por Stevenson, donde revelaba que empleó a Jack para construir su personaje del Dr. Henry Jekyll. Allí el autor de La isla del tesoro confesaba que había conocido en persona al Destripador, y hasta daba su nombre de pila. “Al final descubrí, ¿entendés?, que había sido un hombre de las finanzas británico que había venido a la Argentina, ¿entendés?”, me dijo Juan. “Y yo hablé con su secretario, que escuchó de ese hombre que llevaba sobretodo igual al Destripador y reconocía la muerte de varias prostitutas en Londres. El hombre se llamaba Alonso Maroni”. En poco tiempo, en la sección cultural de Noticias, Bajarlía escribió su investigación. Como podrá imaginar, nadie nos dio mucha bola. Años más tarde, sin embargo, con Juan fuera de este mundo, la revista Todo es historia llevo su hipótesis a la portada.
Bajarlía tenía amigos que ya integraban el panteón de los grosos. Leopoldo Marechal, compinche de café, lo bautizó “el zoólogo de la monstruosidad”. También frecuentó amistad con Jacobo Fijman, el poeta alucinado que acabó en el Borda. Andahazi, quien se consideraba discípulo, mostraba a Juan sus primeras obras y pasaba horas escuchándolo, tal vez en este mismo bar frente al Obelisco, hechizado por esa voz de genio de la lámpara. “Bajarlía era dueño de uno de los más raros talentos, un arte acaso más difícil que aquellos que dominaba con tanta maestría, más complejo que el ensayo y la narrativa, más difícil que la poesía y el oficio del antólogo; me refiero al efímero arte de la conversación, aquella disciplina superior que no deja registro más que en la memoria”, escribió en una semblanza. “Juan-Jacobo Bajarlía era un conversador memorable. Y allí radicaba su virtud como maestro”.
Con Alejandra Pizarnik fue pareja durante dos años, cuando él daba clases de periodismo. Le abrió su biblioteca, sus contactos y, además, una camita en el estudio de abogados. Un día me mostró el lugar. Un ambiente frío, de techo alto, y me señaló el piso: “Ahí poníamos el colchón con Alejandra”. Ella era joven y estaba enamorada –hasta le propuso casamiento- y él terminó dejándola. Sobre la obra y la vida de Pizarnik, Juan escribió un libro. Y tenía una teoría audaz –otra más- que, de algún modo, redibujaba su final: “Alejandra no se suicidó, ¿entendés?”, me decía. “Ella tomaba muchas pastillas. Hasta cuando yo la conocí tomaba medicamentos. Son muy fuertes. Te agujerean el estómago. Su muerte fue una consecuencia de esas pastillas, ¿entendés?. La gente dice cualquier cosa”.
Juan era un pozo sin fondo de historias. Y todas las historias lo atravesaban al medio. Cuando imaginé que no había más tela para cortar, vino con el relato de Antonio Di Benedetto, el genial novelista de Zama, el mendocino que estuvo desaparecido durante la dictadura hasta que, milagrosamente, lo devolvieron con vida. Juan, su amigo, me contó el entretelón de esa aventura con un elemento fiel a su estilo: había, en el medio, un culo. “Llegó un día, ¿entendés?, un tipo a mi estudio de abogado. Y traía una notita. Era de Di Benedetto, que lo habían chupado y pedía ayuda, ¿entendés? Para que no lo descubrieran, el tipo que estuvo preso con él se metió el papelito en el culo, ¿entendés?”. Desde su rol de abogado, Juan había asistido a otros presos políticos. Y decidió hacer lo mismo por Di Benedetto. Pero cuando inició el pedido de habeas corpus, el escritor reapareció sano y salvo. Bueno, no tanto. “A Di Benedetto le simularon varias veces el fusilamiento, ¿entendés? Quedó hecho bolsa, pobre. No fue nunca más el mismo, ¿entendés?”.
Juan volvió a escribir para Noticias contando esta vez el relato de aquel salvataje de Di Benedetto. Semanas más tarde, me trajo una crónica más literaria: “Es sobre cyberpunk”, me dijo. Fue una de las últimas veces que nos vimos en el bar. Luego, ya viejito, se recluyó para siempre en su casa. “Es un tema que me apasiona, ¿entendés? Porque acá la gente escribe cualquier boludez del tema, ¿entendés? Y hay que hacer algo serio”.
Al margen de su pasión detectivesca por las criaturas de las tinieblas, Juan era un tipo enamoradizo. Un romántico. Poco tiempo después de su amor juvenil con Pizarnik, conoció a Enriqueta, su esposa de toda la vida, a quien le dedicó libros, la enmascaró en personajes y le inspiró poemas, a corazón abierto. Enriqueta, en aquella época, era un despelote de mujer: una muñeca. Sus amigos literatos le tenían sana envidia. La conocí en persona, cuando Juan me invitó a su casa, primera y única vez. Ese mediodía Enriqueta nos cocinó y preparó torta. La ví menudita y fuerte. Aún me acuerdo del departamento de Bajarlía: era un piso relativamente alto, tenía muchas habitaciones, y se veía el horizonte desde la ventana del living donde comimos. Pilas de libros tapaban las mismas bibliotecas. Ya no tenía dónde ponerlos. Y Enriqueta le perdonaba todo.
Para ese entonces, Juan había atravesado los 90, usaba audífono y acababa de pasar por una recaída en el hospital. Enriqueta me dijo al oído: “No sabés el susto que me dio cuando lo ví mal. Después Juan le llevó sus libros al médico para agradecerle. El doctor no sabía quién era”. Una persona divina, Enriqueta. El día que murió, me llamó a casa: “Se nos fue Juan, Emilio”. Se la notaba dolida. Pero aún así fuerte, entera. Bajarlía tenía 91 años. Ya se la veía venir. “Decime, ya que se querían tanto ustedes, ¿por qué no le escribís una notita en tu revista? Así la gente se entera”. Enriqueta lo cuidaba a Juan aún después de muerto. Hice lo que me pidió y le alcancé varios ejemplares.
Hoy Bajarlía es el rey de los raros. El sultán de los freaks. Le dedicaron incluso un documental. Tiene fans febriles que lo adoran como si fuera un templo. Sus libros, arduos de conseguir –publicó casi siempre en editoriales pequeñas y olvidadas- son un tesoro perdido. Aún conservo su libro de Lovecraft, que me dedicó con letra pequeña y temblorosa de viejo.
Lo queremos tanto a Juan. Lo queremos con la fascinación fugaz de un colibrí. Sabemos lo lindo que es verlo y lo mucho que falta para volver a acercarse a otro como él.
Cicco es periodista. Fue redactor de las revistas Noticias y Newsweek. Colabora en distintos medios. Es autor de Rodrigo Superstar, una biografía de Rodrigo.
¿Colección de relatos breves? ¿Antología de ensayos
histórico-literarios? ¿Bestiario de seres fantásticos y también
terrenales malvados, asesinos y personajes de similar laya? El prólogo
de Leopoldo Marechal ya nos introduce en el clima de la obra. Subtitulado “Teoría y práctica del monstruo”,
discurre sobre dos clases de ellos: Aquellos cuya creación -ya sea por
el arte o por la ciencia humana- y su existencia devienen de una
necesidad metafísica [“lo que no se tolera nunca -acota- es un monstruo que nace de la casualidad, por una incompetencia del artífice o del científico”]. En esta categoría el prologuista recluta la Esfinge de Edipo, el Querub del Profeta Ezequiel o cualquiera de los monstruos de las innumerables mitologías, de tal suerte que “no son al fin sino claves esotéricas o símbolos metafísicos de lectura fácil para el que conoce las leyes de tal idioma”.
“Sin embargo -añade-, hay otros monstruos de creación humana que no responden a esa vieja necesidad metafísica: Son los que inventó, inventa e inventará el hombre para manifestar una ‘extensión posible’ de su propia naturaleza, tanto en el bien como en el mal, o una ‘puesta en acto’ de sus virtualidades luminosas u oscuras”. En este segundo conjunto incluye, por ejemplo, a los robots, los ‘cerebros electrónicos’ [“que al fin de cuentas no es otra cosa, -discurre el prologuista- que una útil monstruosidad], los genios (malvados o benévolos), los androides y los alienígenas (también agrupables según su malevolencia o bondad), manifestaciones metafóricas de las propias cualidades humanas.
“El presente libro de Juan-Jacobo Bajarlía responde al segundo linaje de mostruos que acabo de referir. Al tratarlos, Bajarlía se nos presenta como un “zoólogo” de la monstruosidad en tanto que ciencia … Pero Bajarlía, además de un erudito en la materia, es un artífice que ha instalado su Museo con la gracia viviente del arte” concluye Marechal. En la Advertencia y en el Post-Scriptum que suceden al Prólogo, el propio autor nos da precisiones sobre las fuentes de algunos de los textos que conforman el volumen. Y luego sólo queda entonces sumergirse en las historias que refiere Bajarlía, donde no quedan claros los límites entre la recreación histórica, la referencia literaria o la delirante creación fantástica debida al “artífice” que exaltaba el prologuista y nos remite a un Bosco en su Jardín de las Delicias.
“Sin embargo -añade-, hay otros monstruos de creación humana que no responden a esa vieja necesidad metafísica: Son los que inventó, inventa e inventará el hombre para manifestar una ‘extensión posible’ de su propia naturaleza, tanto en el bien como en el mal, o una ‘puesta en acto’ de sus virtualidades luminosas u oscuras”. En este segundo conjunto incluye, por ejemplo, a los robots, los ‘cerebros electrónicos’ [“que al fin de cuentas no es otra cosa, -discurre el prologuista- que una útil monstruosidad], los genios (malvados o benévolos), los androides y los alienígenas (también agrupables según su malevolencia o bondad), manifestaciones metafóricas de las propias cualidades humanas.
“El presente libro de Juan-Jacobo Bajarlía responde al segundo linaje de mostruos que acabo de referir. Al tratarlos, Bajarlía se nos presenta como un “zoólogo” de la monstruosidad en tanto que ciencia … Pero Bajarlía, además de un erudito en la materia, es un artífice que ha instalado su Museo con la gracia viviente del arte” concluye Marechal. En la Advertencia y en el Post-Scriptum que suceden al Prólogo, el propio autor nos da precisiones sobre las fuentes de algunos de los textos que conforman el volumen. Y luego sólo queda entonces sumergirse en las historias que refiere Bajarlía, donde no quedan claros los límites entre la recreación histórica, la referencia literaria o la delirante creación fantástica debida al “artífice” que exaltaba el prologuista y nos remite a un Bosco en su Jardín de las Delicias.
TEORÍA Y PRÁCTICA DEL MONSTRUO, por Leopoldo Marechal
Prólogo al libro “HISTORIAS DE MONSTRUOS de Juan-Jacobo Bajarlía.
La construcción de un monstruo, concebida y realizada por él arte o la ciencia, es un quehacer legítimo de los humanos cuando el monstruo responde a una “necesidad’ previa y a una “meditación” consiguiente a dicha necesidad: lo que no se tolera nunca es un monstruo que nace de la casualidad, por una incompetencia del artífice o del científico. ¿Qué necesidades pueden llevar al hombre hasta la construcción de un monstruo? Desde los tiempos más antiguos la metafísica debió acudir a la invención de criaturas monstruosas para simbolizar las “causas” primeras o segundas y sobre todo sus mutuas incidencias en el orbe creado, lo cual requiere una combinación de formas distintas en un solo animal. De tal modo, la Esfinge del tebano Edipo, el Querub del profeta Ezequiel o cualquiera de los monstruos que lanzó la mitología no son al fin sino claves esotéricas o símbolos metafísicos de lectura fácil para el que conoce las leyes de tal idioma.
Sin embargo, hay otros monstruos de creación humana que no responden a esa vieja necesidad metafísica: son los que inventó, inventa e inventará el hombre para manifestar una “extensión posible” de su propia naturaleza, tanto en el bien como en el mal, o una “puesta en acto” de sus virtualidades luminosas u obscuras. La construcción de un robot no expresaría, en última instancia, sino el anhelo que siempre tuvo él hombre de vencer sus conocidas limitaciones en él tiempo, en él espacio, en la fuerza física o en él poderío intelectual. Por ejemplo, un “cerebro electrónico” (que al fin de cuentas no es otra cosa que una útil monstruosidad) realiza el sueño de extender hacia lo indefinido una potencia de cálculo tan limitada como la del hombre. De igual modo, y en la esfera de lo demoníaco, un genio signado por la maldad concentrará en un monstruo de su invención toda la potencia de su furia destructora. Hoy día la ciencia, al admitir como posible la habitabilidad de otros mundos por seres inteligentes, estimula la imaginación de la “fanta-ciencia” que se ha lanzado a la creación de monstruos en hipótesis que obedecen a dos tendencias anímicas diferentes: si la tendencia es optimista, los monstruos extraterrestres han de ser portadores sublimes de una luz que nos falta y de una paz que no tenemos; si la tendencia es pesimista, serán monstruos crueles y de técnicas avanzadas que aspiran a dominarnos o destruirnos. La misma ley de “necesidad” actúa en todos los casos.
El presente libro de Juan Jacobo Bajarlía responde al segundo linaje de monstruos que acabo de referir. Al tratarlos, Bajarlía se nos presenta como un “zoólogo” de la monstruosidad en tanto que ciencia: él ha rastreado en la historia de ayer y en la de hoy las huellas plántales de esas criaturas que ha engendrado el hombre como paradigmas de sus ensueños o delirios. Pero Bajarlía, además de un erudito en la materia, es un artífice que ha instalado su Museo con la gracia viviente del arte.
Buenos Aires, mayo de 1968
Ext de EPANADIPLOSIS
JUAN-JACOBO BAJARLÍA, EL FABRICANTE DE MONSTRUOS
Por Federico Andahazi
Por Federico Andahazi
Con frecuencia suele utilizarse el
término “maestro” como si se tratara de una suerte de título nobiliario,
de distinción honorífica o, peor, de un certificado de senectud. Un
maestro, lo sé, es otra cosa. Un maestro es aquel que tiene la
generosidad de transmitir un oficio, un saber, y está dispuesto a
admitir discípulos. El mundo de los cenáculos literarios, las capillas y
camarillas es un ámbito pequeño y mezquino. Un mundo en el que no hay
maestros ni discípulos porque la generosidad, la gratitud y el
reconocimiento del talento ajeno, sencillamente, no existen. Juan-Jacobo
Bajarlía fue víctima de aquel mundillo mezquino por haber sido, en el
sentido más amplio y profundo del término, un maestro. Yo tuve el
inmenso privilegio de que me admitiera como su discípulo, al mismo
tiempo que la Venerable Academia me negaba todo derecho de admisión y
permanencia. La misma Academia que antes me premiaba y me palmeaba la
espalda cuando era un autor inédito. La misma que ignoró deliberadamente
a uno de nuestros más singulares escritores y, sin dudas, el más
emblemático en su género: Juan-Jacobo Bajarlía, así, con el guión, tal
como a el le gustaba escribir su nombre.
Cuatro han sido mis maestros: tuve la enorme fortuna de conocer a Gabriel García Márquez durante el invierno parisino de 1999. Fue él quien me enseñó que para ser heredero de una generación no hay que cometer parricidio, tal como proponían muchos autores jóvenes que se sentían víctimas del llamado “Boom latinoamericano”. Estos escritores, que pretendían reemplazar a Macondo por Mc Donald’s, quizá no advirtieron cuán desafortunado resultaba hablar de parricidio en países que, como los nuestros, sufrieron genocidios atroces. Autores como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Antonio Di Benedetto, entre tantos otros secuestrados o asesinados por la dictadura, fueron nuestros padres literarios y, como tales, antes que volver a matarlos, estamos obligados a rendirles homenaje.
No vacilaría un segundo en reconocer en Bajarlía a uno de mis padres literarios.
De Osvaldo Soriano, otro de mis maestros, aprendí a desacralizar la literatura, a bajarla de aquel inalcanzable pedestal marmóreo que aleja a los escritores de la gente. Roberto Fontanarrosa fue quien me enseñó que la literatura es un oficio, acaso el más noble de los oficios, y que ningún escritor debe permitir que se lo acuse por la elemental y simple razón de vivir de su trabajo y de su vocación: escribir.
De Juan-Jacobo aprendí a leer. Siendo yo un adolescente que buscaba el rumbo de la existencia en las librerías de la calle Corrientes, el azar hizo que tropezara con un libro de cuentos fantásticos y de terror recopilado y prologado por Bajarlía. Así, a las lecturas juveniles de Arlt y Dostoyevski, de Kafka y de Jack London, se sumaron las de John Collier, M.P. Shiel, John Metcalfe, H.P. Lovecraft, August Derleth, Robert Bloch, Frank Gruber y, por supesto, del mismo Bajarlía.
La vida, en ocasiones, es generosa. Quiso el destino y la fortuna que finalmente conociera a aquel que, durante mi juventud, me condujera por los oscuros pasadizos de la literatura fantástica, policial y de terror, tan menospreciada por los iluminados de siempre. He sido un verdadero privilegiado al haber podido compartir con Juan-Jacobo Bajarlía largas horas de café. Tuve el invalorable honor de haber sometido a su consideración muchas de mis más queridas páginas.
Los libros escritos por un autor no constituyen un patrimonio sino, al contrario, una deuda. A cada uno de mis maestros le debo una novela ya que, de no haber sido por ellos, jamás hubiesen sido concebidas. A García Márquez debo mi libro “El príncipe”, a Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, “Mapas del fin del mundo”, un folletín escrito en colaboración con los lectores del diario Clarín, y a Juan-Jacobo Bajarlía uno de los libros para mí más entrañable: “Las piadosas”. Tanta ha sido la influencia de mi maestro, que me he permitido incluirlo como uno de los personajes fundamentales de la novela. Que el mismo Bajarlía haya accedido a convertirse con su propio nombre, en un personaje de un texto de mi modesta autoría es para mi un orgullo y un honor. Nunca le he agradecido lo suficiente el hecho de que, además, haya querido ser el presentador del acto cuando se publicó “Las piadosas”.
Permítaseme evocar al Bajarlía que yo conocí. Todavía recuerdo su voz grave, su decir pausado y su memoria siempre agradecida. Era dueño de uno de los más raros talentos, un arte acaso más difícil que aquellos que dominaba con tanta maestría, más complejo que el ensayo y la narrativa, más difícil que la poesía y el oficio del antólogo; me refiero al efímero arte de la conversación, aquella disciplina superior que no deja registro más que en la memoria. Juan-Jacobo Bajarlía era un conversador memorable. Y allí radicaba su virtud como maestro. Yo podía pasarme horas escuchándolo durante nuestros encuentros en el bar La Academia o en La Opera. Su vastísima erudición siempre estaba matizada con una sutil obscenidad.
La voz de Bajarlía era aquella que siempre imaginé para los oráculos griegos. Oír a mi maestro era establecer un contacto mágico y a la vez tenebroso con el panteón de la literatura universal. La voz de Juan-Jacobo era caudalosa porque en ella estaban contenidas las voces de Poe y de Potocky, las de Sade y Marechal, la voz de Hoffman, la de Borges y tantas otras indescifrables, desesperadas, terroríficas pero unidas todas en la oscura belleza de aquellos que buscan un lugar en el universo.
Evoco la voz de mi viejo maestro y me digo, entonces, que la literatura, todavía es posible.
Cuatro han sido mis maestros: tuve la enorme fortuna de conocer a Gabriel García Márquez durante el invierno parisino de 1999. Fue él quien me enseñó que para ser heredero de una generación no hay que cometer parricidio, tal como proponían muchos autores jóvenes que se sentían víctimas del llamado “Boom latinoamericano”. Estos escritores, que pretendían reemplazar a Macondo por Mc Donald’s, quizá no advirtieron cuán desafortunado resultaba hablar de parricidio en países que, como los nuestros, sufrieron genocidios atroces. Autores como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Antonio Di Benedetto, entre tantos otros secuestrados o asesinados por la dictadura, fueron nuestros padres literarios y, como tales, antes que volver a matarlos, estamos obligados a rendirles homenaje.
No vacilaría un segundo en reconocer en Bajarlía a uno de mis padres literarios.
De Osvaldo Soriano, otro de mis maestros, aprendí a desacralizar la literatura, a bajarla de aquel inalcanzable pedestal marmóreo que aleja a los escritores de la gente. Roberto Fontanarrosa fue quien me enseñó que la literatura es un oficio, acaso el más noble de los oficios, y que ningún escritor debe permitir que se lo acuse por la elemental y simple razón de vivir de su trabajo y de su vocación: escribir.
De Juan-Jacobo aprendí a leer. Siendo yo un adolescente que buscaba el rumbo de la existencia en las librerías de la calle Corrientes, el azar hizo que tropezara con un libro de cuentos fantásticos y de terror recopilado y prologado por Bajarlía. Así, a las lecturas juveniles de Arlt y Dostoyevski, de Kafka y de Jack London, se sumaron las de John Collier, M.P. Shiel, John Metcalfe, H.P. Lovecraft, August Derleth, Robert Bloch, Frank Gruber y, por supesto, del mismo Bajarlía.
La vida, en ocasiones, es generosa. Quiso el destino y la fortuna que finalmente conociera a aquel que, durante mi juventud, me condujera por los oscuros pasadizos de la literatura fantástica, policial y de terror, tan menospreciada por los iluminados de siempre. He sido un verdadero privilegiado al haber podido compartir con Juan-Jacobo Bajarlía largas horas de café. Tuve el invalorable honor de haber sometido a su consideración muchas de mis más queridas páginas.
Los libros escritos por un autor no constituyen un patrimonio sino, al contrario, una deuda. A cada uno de mis maestros le debo una novela ya que, de no haber sido por ellos, jamás hubiesen sido concebidas. A García Márquez debo mi libro “El príncipe”, a Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, “Mapas del fin del mundo”, un folletín escrito en colaboración con los lectores del diario Clarín, y a Juan-Jacobo Bajarlía uno de los libros para mí más entrañable: “Las piadosas”. Tanta ha sido la influencia de mi maestro, que me he permitido incluirlo como uno de los personajes fundamentales de la novela. Que el mismo Bajarlía haya accedido a convertirse con su propio nombre, en un personaje de un texto de mi modesta autoría es para mi un orgullo y un honor. Nunca le he agradecido lo suficiente el hecho de que, además, haya querido ser el presentador del acto cuando se publicó “Las piadosas”.
Permítaseme evocar al Bajarlía que yo conocí. Todavía recuerdo su voz grave, su decir pausado y su memoria siempre agradecida. Era dueño de uno de los más raros talentos, un arte acaso más difícil que aquellos que dominaba con tanta maestría, más complejo que el ensayo y la narrativa, más difícil que la poesía y el oficio del antólogo; me refiero al efímero arte de la conversación, aquella disciplina superior que no deja registro más que en la memoria. Juan-Jacobo Bajarlía era un conversador memorable. Y allí radicaba su virtud como maestro. Yo podía pasarme horas escuchándolo durante nuestros encuentros en el bar La Academia o en La Opera. Su vastísima erudición siempre estaba matizada con una sutil obscenidad.
La voz de Bajarlía era aquella que siempre imaginé para los oráculos griegos. Oír a mi maestro era establecer un contacto mágico y a la vez tenebroso con el panteón de la literatura universal. La voz de Juan-Jacobo era caudalosa porque en ella estaban contenidas las voces de Poe y de Potocky, las de Sade y Marechal, la voz de Hoffman, la de Borges y tantas otras indescifrables, desesperadas, terroríficas pero unidas todas en la oscura belleza de aquellos que buscan un lugar en el universo.
Evoco la voz de mi viejo maestro y me digo, entonces, que la literatura, todavía es posible.
Las criaturas literarias de Juan Jacobo Bajarlía
por Stella Alvarado
Las grandes obras de los filósofos y poetas de la antigüedad se
distinguen por una línea estética que descubre la grandeza de su
realización expresiva y una indeleble impronta que perdura hasta
nuestros días.
Parménides, en el siglo V a.C., formuló como axioma que ‘el pensamiento y el ser son lo mismo’. Este concepto fue ampliado por Platón quien afirmaba a su vez que el hombre es alma, ‘es el alma la que predomina; es el principio y el fin’. Esta suprema valorización del alma devino en reconocimiento del ser y éste pasó a conformar una instancia radical a la terrenal realidad humana.
Siglos después Heidegger expresaba que el concepto de ser es indefinible, ya que el ser no puede concebirse como un ente, ‘el ser no puede ser objeto de determinación predicando de él un ente’. Esta indefinibilidad del ser no dispensa de reiterar la pregunta que interroga por su sentido. Y para llegar a este sentido, debemos entender que la esencia del ser se determina por su facticidad que constituye cada una de las instancias de ese ser caído en el mundo.
En el siglo XX la preocupación por el ser y el destino del hombre se instala en el corpus literario de la obra de Juan Jacobo Bajarlía como su principal significación. En su estilo no seguía el procedimiento habitual. Integraba lo fantástico, la ciencia-ficción y lo histórico para obtener una estructura distinta: el esplendor de una sintaxis que nos descubre un ritmo, un sentido y una coherencia diferentes a las que estamos habituados. Basaba así su sistema exploratorio en los principios de todo conocimiento. Más aún: en la búsqueda cósmica del propio ser.
En el transcurso de su vida de escritor Bajarlía recorrió un singular camino literario; quiso convertirlo en método, proponerlo como tal y describirlo mientras lo recorría. La materia de su obra se resiste a posarse en una rígida retícula o en un sistema fijado de antemano. Desde el significado original del término método -como trayecto ya recorrido-, se vislumbra el camino que contiene su sello personal. Ese camino es el de la razón literaria y el compromiso con el destino del ser humano. Los núcleos temáticos de su obra literaria responden a sus obsesiones más profundas centradas en una semiosis en cuya línea axial orbitan el destino del hombre y la libertad como fundamento. Dentro de este concepto, el hombre es libre para oponerse a toda clase de opresión. Libre para elegir su destino. ‘En mi obra de poesía o prosa, en mis ensayos o en mis narraciones fantásticas o realistas, -refería- el hombre sigue siendo el dueño de sí mismo. El único límite es la opresión y el despotismo’.
Pensador
Las criaturas literarias de Juan Jacobo Bajarlía nos llegan con la inefable belleza estética de los clásicos, no sólo para revivir el espíritu de una época de la literatura argentina, sino para mostrarnos la desmesura y profundidad de un pasado histórico en su impetuoso y descarnado aparecer. Como escritor y periodista riguroso, coexisten el hombre apasionado por la poesía, la novela policial y la ciencia ficción, el pensador agudo, polémico y controversial y -al mismo tiempo- el investigador dedicado a la revisión de la historia; revisionismo donde el valor de la palabra y el hecho histórico se ordenan y jerarquizan intelectualmente.
A los quince años ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, y luego se trasladó a la Universidad de La Plata, especializándose en Derecho Criminal. Como criminólogo escribió Sadismo y masoquismo en la conducta criminal, y como historiador, sus investigaciones lo llevaron a escribir Prohombres de la argentinidad; Mitre, prohombre de espada y pensamiento; Rosas y los asesinatos de su época; el drama histórico Monteagudo y Sables, historias y crímenes (reeditado con el título de Morir por la patria).
Detrás de una escritura equilibrada, pulcra, ecuánime, que enriquece el hábil manejo del lenguaje -maestría solo de aquellos que saben cómo instalar una honda huella en el lector- se vislumbra la persistencia de un pensamiento que cristaliza un modo de vivir y sentir la realidad de la historia. No como una posibilidad de salvación, sino como un inevitable impulso para recobrar la lucidez. Esta impronta bajarliana acentúa la temática que configuran, fundamentalmente, sus textos de la historia. La urdimbre misma de la escritura nos coloca frente a un corpus histórico real, junto a la vivencia de una memoria que condensa toda la emoción en un lenguaje propio. Lenguaje que nos remite -perentorio- a un estilo inusual, a multitud de imágenes, encadenamientos, resonancias donde se visualiza la disposición de una realidad insoslayable y la coherencia del recorrido por los pasajes de un no muy lejano pasado, teñido de sangre.
En esos volúmenes ya mencionados firma una obra de carácter plural, en la que el relato se amalgama con la creación narrativa instalando así una manera de resurgir como experiencia que trasciende las variadas modalidades de este siglo para instalarse en un ámbito que se convierte en la única y absoluta verdad del investigador-historiador: humanizar la historia y aun la vida personal; lograr que la razón se convierta en instrumento adecuado para el conocimiento de la realidad, ante todo de esa realidad inmediata que, para el hombre, es él mismo.
En este sentido, texto y hombre se transforman en el centro referencial de un universo en el que el lenguaje es reflejo del rigor de la sintaxis y de los hechos narrados, ya que para Bajarlía “como un espejismo del tiempo, la historia no se repite, es la misma…”. Pero la toma de conciencia y de responsabilidad del hombre en la sociedad ha de transponer ciertas estructuras: debe ser vulnerada, en principio, la condición sacrificial de la sociedad, aquella en la que se requiere víctimas como resultado del endiosamiento de algunos y, al mismo tiempo, debe ser perforado el tejido dramático de la historia, puesto que la historia se convierte en drama cuando el argumento nos presenta a sus personajes que actúan sin saberlo.
El ídolo y la víctima
La contextura trágica de toda historia conocida hasta ahora está cimentada en el concepto de que en toda sociedad, familia incluida, hay siempre como ley un ídolo y una víctima. El ídolo es aquel que exige adoración o la recibe simplemente; el ídolo es una imagen desviada de lo divino. Es decir, una usurpación.
Bajarlía siempre fue seducido por aquellos personajes que, de alguna manera, impelidos por una fuerza misteriosa, jugaban con la muerte. Personajes trágicos. Todo crimen es un hecho fantástico, un hecho de misterio y es más que posible que su profesión como abogado penalista y doctor en criminología lo haya llevado a indagar en el crimen y en aquellos personajes que siempre se han jugado la vida a cara o cruz, aún sabiendo que su desenlace sería la muerte trágica, demostrando así el olvido en que naufragaron los postulados de revalorizar el alma y el ser que esgrimieran los antiguos griegos.
Antonio de Undurraga consideró que ‘la dimensión metafísica de Bajarlía introducía en el cuento fantástico una línea más allá de lo metafísico, lo fantástico y la ciencia-ficción’. Alfred Hopkins ha dicho: ‘Las máquinas del tiempo de Bajarlía dejan de ser instrumentos mecánicos para convertirse en dimensiones metafísicas’. Giran los años y con ellos los artificios que descifran extrañas claves de una etapa de la historia literaria argentina que tuvo en Bajarlía a uno de sus más fervientes investigadores.
Parménides, en el siglo V a.C., formuló como axioma que ‘el pensamiento y el ser son lo mismo’. Este concepto fue ampliado por Platón quien afirmaba a su vez que el hombre es alma, ‘es el alma la que predomina; es el principio y el fin’. Esta suprema valorización del alma devino en reconocimiento del ser y éste pasó a conformar una instancia radical a la terrenal realidad humana.
Siglos después Heidegger expresaba que el concepto de ser es indefinible, ya que el ser no puede concebirse como un ente, ‘el ser no puede ser objeto de determinación predicando de él un ente’. Esta indefinibilidad del ser no dispensa de reiterar la pregunta que interroga por su sentido. Y para llegar a este sentido, debemos entender que la esencia del ser se determina por su facticidad que constituye cada una de las instancias de ese ser caído en el mundo.
En el siglo XX la preocupación por el ser y el destino del hombre se instala en el corpus literario de la obra de Juan Jacobo Bajarlía como su principal significación. En su estilo no seguía el procedimiento habitual. Integraba lo fantástico, la ciencia-ficción y lo histórico para obtener una estructura distinta: el esplendor de una sintaxis que nos descubre un ritmo, un sentido y una coherencia diferentes a las que estamos habituados. Basaba así su sistema exploratorio en los principios de todo conocimiento. Más aún: en la búsqueda cósmica del propio ser.
En el transcurso de su vida de escritor Bajarlía recorrió un singular camino literario; quiso convertirlo en método, proponerlo como tal y describirlo mientras lo recorría. La materia de su obra se resiste a posarse en una rígida retícula o en un sistema fijado de antemano. Desde el significado original del término método -como trayecto ya recorrido-, se vislumbra el camino que contiene su sello personal. Ese camino es el de la razón literaria y el compromiso con el destino del ser humano. Los núcleos temáticos de su obra literaria responden a sus obsesiones más profundas centradas en una semiosis en cuya línea axial orbitan el destino del hombre y la libertad como fundamento. Dentro de este concepto, el hombre es libre para oponerse a toda clase de opresión. Libre para elegir su destino. ‘En mi obra de poesía o prosa, en mis ensayos o en mis narraciones fantásticas o realistas, -refería- el hombre sigue siendo el dueño de sí mismo. El único límite es la opresión y el despotismo’.
Pensador
Las criaturas literarias de Juan Jacobo Bajarlía nos llegan con la inefable belleza estética de los clásicos, no sólo para revivir el espíritu de una época de la literatura argentina, sino para mostrarnos la desmesura y profundidad de un pasado histórico en su impetuoso y descarnado aparecer. Como escritor y periodista riguroso, coexisten el hombre apasionado por la poesía, la novela policial y la ciencia ficción, el pensador agudo, polémico y controversial y -al mismo tiempo- el investigador dedicado a la revisión de la historia; revisionismo donde el valor de la palabra y el hecho histórico se ordenan y jerarquizan intelectualmente.
A los quince años ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, y luego se trasladó a la Universidad de La Plata, especializándose en Derecho Criminal. Como criminólogo escribió Sadismo y masoquismo en la conducta criminal, y como historiador, sus investigaciones lo llevaron a escribir Prohombres de la argentinidad; Mitre, prohombre de espada y pensamiento; Rosas y los asesinatos de su época; el drama histórico Monteagudo y Sables, historias y crímenes (reeditado con el título de Morir por la patria).
Detrás de una escritura equilibrada, pulcra, ecuánime, que enriquece el hábil manejo del lenguaje -maestría solo de aquellos que saben cómo instalar una honda huella en el lector- se vislumbra la persistencia de un pensamiento que cristaliza un modo de vivir y sentir la realidad de la historia. No como una posibilidad de salvación, sino como un inevitable impulso para recobrar la lucidez. Esta impronta bajarliana acentúa la temática que configuran, fundamentalmente, sus textos de la historia. La urdimbre misma de la escritura nos coloca frente a un corpus histórico real, junto a la vivencia de una memoria que condensa toda la emoción en un lenguaje propio. Lenguaje que nos remite -perentorio- a un estilo inusual, a multitud de imágenes, encadenamientos, resonancias donde se visualiza la disposición de una realidad insoslayable y la coherencia del recorrido por los pasajes de un no muy lejano pasado, teñido de sangre.
En esos volúmenes ya mencionados firma una obra de carácter plural, en la que el relato se amalgama con la creación narrativa instalando así una manera de resurgir como experiencia que trasciende las variadas modalidades de este siglo para instalarse en un ámbito que se convierte en la única y absoluta verdad del investigador-historiador: humanizar la historia y aun la vida personal; lograr que la razón se convierta en instrumento adecuado para el conocimiento de la realidad, ante todo de esa realidad inmediata que, para el hombre, es él mismo.
En este sentido, texto y hombre se transforman en el centro referencial de un universo en el que el lenguaje es reflejo del rigor de la sintaxis y de los hechos narrados, ya que para Bajarlía “como un espejismo del tiempo, la historia no se repite, es la misma…”. Pero la toma de conciencia y de responsabilidad del hombre en la sociedad ha de transponer ciertas estructuras: debe ser vulnerada, en principio, la condición sacrificial de la sociedad, aquella en la que se requiere víctimas como resultado del endiosamiento de algunos y, al mismo tiempo, debe ser perforado el tejido dramático de la historia, puesto que la historia se convierte en drama cuando el argumento nos presenta a sus personajes que actúan sin saberlo.
El ídolo y la víctima
La contextura trágica de toda historia conocida hasta ahora está cimentada en el concepto de que en toda sociedad, familia incluida, hay siempre como ley un ídolo y una víctima. El ídolo es aquel que exige adoración o la recibe simplemente; el ídolo es una imagen desviada de lo divino. Es decir, una usurpación.
Bajarlía siempre fue seducido por aquellos personajes que, de alguna manera, impelidos por una fuerza misteriosa, jugaban con la muerte. Personajes trágicos. Todo crimen es un hecho fantástico, un hecho de misterio y es más que posible que su profesión como abogado penalista y doctor en criminología lo haya llevado a indagar en el crimen y en aquellos personajes que siempre se han jugado la vida a cara o cruz, aún sabiendo que su desenlace sería la muerte trágica, demostrando así el olvido en que naufragaron los postulados de revalorizar el alma y el ser que esgrimieran los antiguos griegos.
Antonio de Undurraga consideró que ‘la dimensión metafísica de Bajarlía introducía en el cuento fantástico una línea más allá de lo metafísico, lo fantástico y la ciencia-ficción’. Alfred Hopkins ha dicho: ‘Las máquinas del tiempo de Bajarlía dejan de ser instrumentos mecánicos para convertirse en dimensiones metafísicas’. Giran los años y con ellos los artificios que descifran extrañas claves de una etapa de la historia literaria argentina que tuvo en Bajarlía a uno de sus más fervientes investigadores.
Ext.de La Capital De Mar del Plata 5/11/18
Falleció Juan Jacobo Bajarlía
un destacado poeta y cuentista
Poeta, cuentista, ensayista, novelista y dramaturgo, Juan Jacobo Bajarlía, fallecido en esta ciudad, fue uno de los introductores del vanguardismo en la literatura argentina. Entre 1948 y 1956 dirigió la revista Contemporánea e integró el Movimiento de Arte Concreto-Invención. Antes, en 1946, en el estudio "Literatura de vanguardia", había analizado las tendencias poéticas más modernas. Y en 1957 dio a luz "El vanguardismo poético en América y España".
Había nacido en Buenos Aires en octubre de 1914. Abogado penalista, su formación le inspiró agudos ensayos, como "Sadismo y masoquismo en la conducta criminal", y le dio soltura para incursionar en el cuento policial. Con el seudónimo de John J. Batharly, escribió novelas policiales, como "Los números de la muerte" (1972) y "El endemoniado Sr. Rosetti" (1977). Bajarlía también organizó antologías, como "Cuentos de crimen y misterio" (1964), y escribió relatos de ciencia ficción.
Como dramaturgo escribió y estrenó "La esfinge" (1955), "Pierrot" (1956), "Las troyanas" (1956), "Monteagudo" (1962) y "La billetera del Diablo" (1969). Su libro de poesía "La Gorgona" (1953) fue traducido al alemán e inspiró a Esteban Eitler "Música dodecafónica", obra estrenada en Bruselas, en 1954. Colaboró en LA NACION, La Prensa, La Gaceta, Clarín y otros diarios. Fue vicepresidente de la SADE.
El sepelio se efectuó en el cementerio británico de Pablo Nogués.
Juan-Jacobo Bajarlía, retrato de un eterno vanguardista
Dueño de una obra variada, el creador de los "Robotpoemas" también exploró la criminología y la parapsicología.
POR ANTONIO LAS HERAS
Nació un 5 de octubre en la ciudad de Buenos Aires; de 1912 ó 1914. Su partida de nacimiento afirma lo primero pero él aseguraba lo segundo y que la diferencia había sido producto de un error. Murió también en la ciudad de Buenos Aires el 22 de julio de 2005.
Fue un verdadero enamorado de su ciudad, a la que conocía -por haberla recorrido desde niño- hasta en los detalles de los menos frecuentados barrios.
¿Cómo evocar a ese eterno vanguardista y porteño confeso que fue Juan-Jacobo Bajarlía?
"De niño vendí medias en los bares. El secundario lo cursé durante la noche. Trabajaba durante el día. Quise ser médico y fui abogado. Me incliné hacia la criminología. Dejé pasar turnos de exámenes por leer la Divina Comedia. Odié los títulos universitarios. Polemicé. Perdí posiciones por decir lo que pienso. Lo seguiré haciendo. Escribí varios libros de poesía: Canto a la destrucción lo dediqué a los poetas que descendieron del futuro. Nací un 5 de octubre, el Día del Camino. Aún busco la puerta de ese camino que conduce a la poesía".
Bajarlía fue uno de los introductores del vanguardismo en la Argentina. Entre 1948 y 1956 dirigió la revista Contemporánea. Formó parte (1944) del Movimiento de Arte Concreto-Invención junto con Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado. Los lugares de reunión del grupo fueron los bodegones de la avenida Leandro N. Alem, el restaurant El Tropezón adónde se daban cita sobre todo en invierno para compartir un puchero y seguir la sobremesa hasta muy pasada la medianoche o, en las tardes, La Guiralda sobre avenida Corrientes.
Sus primeros libros fueron Prohombres de la Argentinidad y Romances de la guerra, escritos en los años cuarenta. Su libro La Gorgona (1953) fue traducido al alemán por Ilse Lustig; con esa base Esteban Eitler compuso Música Dodecafónica, estrenada en Bruselas (1954).
Leopoldo Marechal lo llamó "zoólogo de la monstruosidad". "...el género de lo fantástico se convierte -afirmó Bajarlía- en una dimensión de lo ineludible ya que prepara al hombre para su impostergable transformación."
Antonio de Undurraga -muchos años presidente del Pen Club chileno- consideró que su dimensión metafísica introducía en el cuento fantástico una línea más allá de "lo metafísico, lo fantástico y la ciencia-ficción". No vaciló en sentenciar: "El cuento fantástico está hoy en manos de Bajarlía".
En teatro escribió y estrenó La Esfinge (1955), Pierrot (1956), Las troyanas (1956), inspirado en el clásico texto de Eurípides; La billetera del Diablo (1969).
Su drama Monteagudo (1962) obtuvo cuatro distinciones: Selección Municipal para las Jornadas de Teatro Leído, Premio Municipal a la mejor obra no representada, el del Fondo Nacional de las Artes, y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).
La polémica Reverdy-Huidobro, El origen del ultraísmo (1964) fue publicada previamente en francés por el Centre International d" Etudes Poétiques (Bruselas, 1962) con prólogo de Fernanad Verhesen; y Existencialismo y abstracción de César Vallejo (1967), se publicó en Córdoba.
AÑOS DIFICILES
Corrían los difíciles años setenta. Varias veces amenazado -por teléfono, por anónimos escritos pasados bajo la puerta de su estudio de abogado que mantuvo hasta el día de su muerte en un viejo y majestuoso edificio de la calle Cerrito, frente al Obelisco- nada consiguió que "Jean-Jacques", como los amigos lo llamábamos cariñosamente y a él tanto le gustaba escucharlo se exiliara como le fue aconsejado. Recuerdo que más de una vez le escuché afirmar mientras lo acompañábamos en su habitual café frente al edificio de Tribunales: "Si yo me voy, los compañeros que confiaron en mí para defenderlos, ¿qué van a hacer?" Permanecía, luego, en silencio con la mirada fija en el movimiento de los autos por la calle Lavalle para, escuetamente, afirmar con nítido dejo lastimero: "Alguno se tiene que quedar", y nos miraba rato largo en silencio como esperando consentimiento.
Otras veces, cuando el clima no permitía aprovechar las mesas de la vereda, y entrábamos al bar, Jean-Jacques se colocaba en una silla que le permitiera mirar todo el tiempo la puerta de ingreso al bar. Bajarlía no fue un suicida, ni un alocado. Claro que tenía miedo. Tanto miedo como claridad de cuál es la actitud que corresponde a un intelectual frente al compromiso asumido.
Bajarlía fue el abogado de Antonio di Benedetto durante todo el tiempo que el escritor y periodista mendocino pasó detenido. Y fue él mismo quien lo acompañó hasta el avión para asegurarse que hubiera dejado -sin ningún impedimento- la Argentina. Precisamente fue gracias a Jean-Jacques que quien esto escribe conoció y pudo compartir con di Benedetto los días previos a iniciar su exilio en España.
Uno de los poemas más recordados de nuestro vanguardista es el que dedicó al escritor Haroldo Conti secuestrado y desaparecido durante la última dictadura: "Un día entraron/ eran cinco aparecidos llegados del infierno/ con el olvido a cuestas y la voz en los puños./ Las paredes se humedecían de llanto/ de finas garras de sangre/ de flores negras que brotaban impregnadas de fuego./ Las tinieblas jugaban al destino en la cabeza/ de los cinco aparecidos./ ¿Por qué me llevan?
Defender colegas perseguidos no era nuevo para Bajarlía. Ya lo había hecho hasta las últimas consecuencias legales posibles cuando en 1967 el novelista Renato Pellegrini fuera denunciado por su obra Asfalto que abordaba el tema de la homosexualidad, calificada de obscena.
Con la democracia y el gobierno de Raúl Ricardo Alfonsín, Bajarlía usó la tribuna que le fuera ofrecida en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires para exponer su idea del "exilio interior"; aquel que fuera sufrido por quienes no salieron del país pudiendo hacerlo a pesar de haber sufrido persecuciones y censuras, como fue su situación. En ese primer momento el criterio de "exilio interior" no fue bien recibido por sus colegas.
Dentro de su obra poética merecen recordarse los Robotpoemas -hoy inhallable- escritos en aquellos años. Un feroz grito profético denunciando que se avecinaba -en un futuro cercano- la banalización humana tan vigente en estos tiempos del siglo XXI. Telésfora (1972) y Nuevos límites del Infierno se publicó en Madrid (1973) por ediciones Master Fer. "Sigo sosteniendo -afirma allí Bajarlía- que no hay poesía sin imagen. Y que no hay imagen sin invención. Sigo pensando que la analogía está desterrada de un mundo en que el principio de indeterminación y no el de causalidad es el que rige la física atómica y las relaciones mortales del hombre. No amo al hombre sabio: me conmueve la investigación que es otra forma de la poesía."
Bajarlía fue designado socio honorario y más tarde electo vicepresidente (1998 y 2000) de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1962); el Premio Municipal de Teatro (1962), el Premio del Instituto del Nuevo Mundo de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Córdoba (1963) dirigido por Juan Larrea; el Mystery Magazine Ellery Queen"s (1964); Premio Municipal de Narrativa (1969), Premio Leopoldo Alas ("Clarín") (1971), el Konex de Platino (1984) y Premio Boris Vian (1996).
INTERESES
Empero, nada de esto alcanza para abarcar todo cuanto interesó a Bajarlía. Como abogado se especializó en Derecho Penal y ejerció la Criminología. Sadismo y masoquismo en la conducta criminal (1959) es un libro producto de sus investigaciones en dicha especialidad que, por entonces, no estaba demasiado difundida en Buenos Aires. Su hipótesis -discernida tras una prolongada estadía en Londres y publicada, entre otros medios, en la doble página central del diario Clarín y que fue tapa de la revista Todo es Historia- de que Jack, el Destripador fue un argentino, corredor de bolsa, llamado Alfonso Maturo quien tras regresar a Buenos Aires vivió hasta su muerte en el barrio de Barracas, además de causar asombro, fue recogida por medios periodísticos de todo Occidente habida cuenta de sus sólidos fundamentos.
Realizó numerosas traducciones del francés, italiano e inglés, incluyendo autores como el Aretino, el marqués de Sade, Kandinsky y Jean Tardieu, entre otros.
Bajarlía incursionó en la Parapsicología, disciplina científica de la que llegó a ser profesor en varias instituciones, presidir congresos y jornadas y alcanzar la vicepresidencia del Grupo de Estudios e Investigaciones en Parapsicología (Gueip) fundado en 1981. "El que busca la eternidad -escribió- sólo halla el estallido del tiempo". "El mito puede crear la realidad. La humanidad es un puñal en la apertura del futuro. El mundo no existe y sólo eres un poco de tiempo en una eternidad desconocida. Un signo que gira en los espacios orbitales".
Escribió novelas policiales con el seudónimo de John J. Batherly, entre las que se encuentran Los números de la muerte (1972) y El endemoniado Sr. Rosetti.
Horas duraban las reuniones en el café situado en la planta baja del edificio donde Bajarlía tenía su estudio de abogado penalista y criminólogo. Acompañándole allí recordamos -siempre callado, concentrado en sus labores también de abogado- a su hermano Samuel. En torno a las cinco de la tarde, Jean-Jacques "bajaba" al café. Allí ya podía estar alguno de nosotros esperándolo. El encuentro -salvo que el autor de Drácula, el Vampirismo y Bram Stoker tuviera que dar una conferencia, participar en una mesa redonda o un curso- duraba hasta poco antes de las veintiuna, momento en que partía a la frugal cena hecha por Enriqueta Mayo, su mujer que lo esperaba en su casa. En esa mesa pude conocer a Héctor Lastra ya consagrado novelista que también había conocido los problemas de la censura en 1973 cuando publicó La boca de la ballena, que fue prohibida por el gobierno municipal de entonces y simultáneamente galardonada con el Tercer Premio Municipal; al periodista, crítico y escritor Juan Carlos Licastro quien conducía el programa "Informe sobre Buenos Aires" en la entonces Radio Municipal; al tapicista Humberto Funes Martínez; a Jorge Asís -quien vendía libros personalmente en quioscos y librerías-; a Federico Andahazi, por entonces inédito y dedicado a la Psicología y que luego escribiera su segunda novela Las piadosas basada en ciertas investigaciones sobrenaturales realizadas por Jean-Jacques; al escritor y periodista Otto Carlos Miller; a Jorge Zicolillo, periodista que por entonces escribía cuentos y que dedicaría a Bajarlía una de sus novelas más exitosas: Damasita Boedo y el enigma de la muerte de Lavalle, y al entonces juez Tibor Chaminaud con quien, en 1983, Bajarlía dirigió el único número publicado de la revista Referente/El Ojo que mira título de claras influencias lacanianas. Porque si bien había sido un ávido lector de las obras completas de Sigmund Freud en la prolija y completa edición realizada por la porteña empresa Santiago Rueda Editor así como también de Psicología y Alquimia, La interpretación de la Naturaleza y la Psique y otros textos de Carl G. Jung; Juan-Jacobo abrevó ni bien pudo en Jacques Lacan (el parisino relector del Psicoanálisis freudiano y expulsado de la Asociación Psicoanalítica Francesa) encontrándolo "esclarecedor y fascinante" para usar sus propias palabras.
Fijman: poeta entre dos vidas (1992) y Alejandra Pizarnik. Anatomía de un recuerdo (1998) son dos ensayos producto de sus experiencias personales.
Sobre Jacobo Fijman, internado en un hospicio, escribió Bajarlía: "...quizás era el más grande poeta de la generación del 22; mucho más que todos los que en aquella época estaban promocionados por todos los medios. El más grande, pero estaba en el manicomio, donde padeció durante 29 años el olvido y el desprecio de los que alguna vez lo habían glorificado".
En el ensayo sobre Alejandra, reitera lo que sus amigos le habíamos escuchado cada vez que alguien preguntaba. Que Pizarnik no se suicidó y que jamás tuvo deseos de semejante cosa. "Ocurrió -afirmaba enfáticamente- que Alejandra tomaba píldoras por los dolores corporales que sentía. Pero era olvidadiza. Estoy seguro que la sobredosis fue producto de haber ingerido el medicamento varias veces pensando que no lo había hecho."
En 1997 volvió a ser eje de otra polémica literaria. Desde las columnas del suplemento dominical de cultura del matutino porteño La Nación, publicó una serie de artículos buscando demostrar que Jorge Luis Borges sí había escrito una novela. Se trataba de la obra titulada El enigma de la calle Arcos firmada por el seudónimo Sauli Lostal; que fuera publicada -por capítulos- en el diario Crítica (1932) y como libro un año después. El escándalo generado se mantuvo encendido por tiempo prolongado.
Fue colaborador del diario Clarín ejerciendo, inclusive, como director interino de su suplemento literario. Columnista habitual en el suplemento de cultura de La Prensa, publicó en los diarios La Nación, de Buenos Aires; La Gaceta (Tucumán), Los Andes (Mendoza), La Capital (Mar del Plata) y en las revistas Umbral, Tiempo Futuro, Magazine, Apofántica, Lilith, Gaceta de Parapsicología, La Semana, Noticias y en la edición argentina de Playboy donde en cada número aparecía una página con su firma.
Hay dos documentales sobre su vida. Bajarlía, desandando el tiempo (2003) y Bajarlía (2005) un mediometraje que refleja la otra faceta del escritor, sumergiéndose en aquellos lugares poco visitados de su extensa obra literaria. Este film dirigido por Roberto Benemio con guión de Diego Arandojo, brinda una pincelada oscura y tenue sobre el pasado, presente y futuro de la literatura.
El 25 de setiembre de 2007, con el Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional colmado de público -especialmente muchos jóvenes- sus colegas Liliana Heer, Víctor Redondo, Noé Jitrik y Federico Andahazi presentaron El placer de matar libro póstumo de Bajarlía. Aún muerto, el autor demostró seguir vivo.
"...la palabra se esconde en lo más profundo del corazón y para hallarla es necesario que la sangre suene en el canto de los pájaros."
http://www.laprensa.com.ar








Comentarios
Publicar un comentario